lunes, 3 de marzo de 2014

Alma de lobo



Fui secuestrado, torturado y maltratado, vi cómo asesinaban a mi familia en frente mía, saboreé la desesperación encerrado en una celda, arrebatado de mi libertad tuve que  soportar la humillación de la experimentación y comprobé lo que era ser  una rata de laboratorio.
Sobreviví, a lo que fuera que me hicieran en esos meses, sobreviví donde otros murieron. No sé cuánto tiempo pasé porque deliré durante días o semanas, sufrí fiebres altísimas y un dolor terrible resistía abandonarme mientras algo despertaba dentro de mi.
Y entonces me salvasteis, me liberasteis de esa horrible prisión y volví a la libertad, pero no era el mismo, había cambiado, algo dentro de mi no era igual. Físicamente también cambié,  pues era más alto y más fuerte, veía mejor en la oscuridad, y mi sentido del olfato se había multiplicado por  10, era capaz de oler el miedo, el dolor y la felicidad, todo ello me asombraba,  no entendía qué me estaba pasando. Mis dientes se cayeron como si de dientes de leche se tratase, una nueva dentadura al cabo de un par de días salió cual tiburón, mucho más fuertes y perfectamente alineados.
Hasta ese momento siempre me consideré un cobarde, una persona que no era digna por su escasa fuerza de voluntad, pero el miedo había desaparecido, sustituido por una rabia, una ira innata, me costaba ser racional. Me sentía como si fuera un animal salvaje, desconfiaba de aquellos que no conocía y era sobreprotector con lo que consideraba mi familia, actuaba por instinto, si quería comer comía, daba igual que no fuera mío o no lo hubiese pagado, si me encontraba en problemas,  golpeaba antes de hablar y donde antes no hubiera hecho daño a una mosca, ahora no había nadie que pudiese devolverme el golpe o aguantar mi envite.
Todo esto se lo hacia saber a los médicos y psicólogos que me trataban después del secuestro, pero no fueron capaces de hallar respuesta alguna, mis amigos me miraban con preocupación y tristeza y sé que querían ayudarme, pero, cuando llegaron los primeros muertos tras alguna de mis peleas,  se alejaron de mi, el mundo me señaló con el dedo y nadie me creyó cuando intenté explicarme. Era un monstruo. La sociedad me condenó, y aquellos a quienes  amaba me dieron la espalda, por primera vez me sentí solo. Pero no estaba solo, la bestia rugía en mi interior como un lobo hambriento deseando ser el jefe de la manada.
He necesitado tiempo pero ya he puesto en armonía mi parte animal y mi parte humana. Ahora que he escapado de la celda que nuevamente la sociedad me recluyó,  pienso cumplir mi venganza contra aquellos que me arrebataron mi vida.
Esto no es una amenaza, es un hecho y una despedida.
No soy un monstruo.
Soy un Renegado.
Soy Fenris.


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